Sentada en el bordillo de la acera, casi escondida entre dos coches, sus ojos brillaban en aquella oscuridad bajo el sol; su mirada atravesaba paredes, siendo capaz de ver lo que ocurría dentro de sitios cerrados como aquel, donde ni bomberos ni agentes de policía eran capaces de entrar. Nadie se dio cuenta de su presencia, nadie; ni siquiera ella misma.
Sus manos temblaban de miedo por no ser capaces de hacer nada más que estrujar y estrujar cada vez más fuerte el vestido que llevaba puesto aquella tarde. Sus ojos cálidos estaban clavados en un punto muerto de una pared vieja; sus pies taconeaban al ritmo de ninguna canción… En sus labios crispados por el miedo, asomó un pequeño detalle de dolor; dolor por ver sufrir a una persona exactamente igual que tú, y sentir al mismo tiempo una impotencia que te cala hasta los huesos.
Esa niña de mirada inocente, ricitos de oro, sonrisa de blanca dentadura y rojizos labios, manos delicadas y vestido casi de seda; esa niña sentada en el bordillo de la acera con el temor asomando por sus ojos y las lágrimas resbalando por sus mejillas; esa niña que parecía inocente tenía un poder. En ese mismo instante ella era capaz de ver algo más que todos los agentes de policía que corrían de un lado para otro, de todos los bomberos que con urgencia intentaban apagar el fuego, de toda la gente de a pie que lloraba preocupada por la vida de los que estaban dentro. Esa niña de la que nadie se daba cuenta de su existencia; era capaz de ver más allá de esa pared en llamas.
Estaba viendo; incluso viviendo, una escena que le marcaría la vida.
Estaba viendo ante ella como una familia agonizaba entre llamas de metros de altura incapaces de salir de ese infierno que poco a poco les mataba.
Esa niña quedó marcada por la agonía, por la impotencia de no poder ayudar. Quedó marcada por la muerte.
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